Mi historia

Mi historia VII

VII

  Me pasé tres semanas en casa, sola.

 Vi a mi madre dos o tres veces a lo sumo. Para que me trajera comida. Ahí se abrió otro agujero dentro de mi. Donde todo estaba ya roto, se rompió aún más y solo fue el principio. Los meses siguientes hasta agosto mi cuerpo no hizo más que deteriorarse. En mi estado he de decir que no me cuidé mucho. A veces mi cabeza no podía y otras era el cuerpo.

Una de las veces que fui al médico a lo largo de esos meses, volvió a recomendarme lo mismo, así que acepté. Quería mejorar y él no paraba de venderme la medicación como mi única salvación, así que me dio unos antidepresivos nuevos de la hostia que me iban a dejar genial. Al quinto día de tomarlos, a demás de estar medio vegetal, casi con la baba colgando y con la sensación de: -me importa todo una mierda-, por la noche, me desperté empapada en sudor, como de bajón de tensión, me pitaban los oídos, no me podía mover, tenía ganas de devolver, calor, estaba tapada, quería destaparme, moverme. Tumbada boca abajo, con las mantas, pensé que me quedaba allí. Conseguí destaparme y con el frío me despejé un poco. Me tiré al suelo y fui a rastras al baño. Mi tripita se soltó, luego devolví y me quedé tirada en el suelo del baño al menos una hora. Volví a arrojar y al suelo otra vez. Esta vez me puse encima de la alfombrilla de la ducha. Al día siguiente, leí el prospecto, pueden causar muerte súbita. Tócate los cojones, con las pastillitas. No volví a tomar más y cuando se lo quise comentar a mi médico, la siguiente vez que fui, con otro cuadro infeccioso que no se curaba, me tomó a risa.

Mi estado empeoraba. Días que salía a comprar y tenía que arrodillarme en el suelo del supermercado porque me daba un bajón de tensión y me desmayaba. He de decir que nunca llegué a desmayarme, siempre me tumbaba o sentaba cuando notaba que me mareaba, me pitaban los oídos, veía borroso y se me retorcían las tripas. De echo intentaba sentarme antes de lo de la tripa porque era imparable una vez que llegaba a ese punto. Así que salir de casa cuando no me encontraba bien empezó a resultarme difícil. No me gusta tener que sentarme en la caja del super o en medio del super o por la calle. Pero a veces no había comida ni nadie que creyera que yo realmente no estaba en condiciones de salir a comprar. Ni el médico, ni mi familia, ni mis amigas creía que me pasara nada que no fuera que estaba deprimida. Que lo estaba, no lo niego, pero no era la cabeza, era el cuerpo el que no iba bien, La cabeza tampoco, ya, pero era el cuerpo. Todo el día mala. 

Gato persa en caja

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