Mi historia

Mi historia XV

XV

 Me subieron a hematología en la 9ª planta.

Al llegar a la habitación con aquel séquito de familia y amigos, enseguida vino alguien del personal a explicarnos las normas. Mucho más estrictas que en la planta anterior.

Una de las amigas con las que me fui a Lisboa un par de semanas antes de ingresar, me había traído un ramo de rosas blancas precioso, que no me permitieron tener en la habitación. Así que me pareció justo que se lo quedara ella. Ya que yo, no iba a salir de allí en una temporada. Le di el ramo a mi amiga que se iba para casa. Ella estaba apoyada en la puerta de la habitación con el ramo en la mano, y yo dentro.  Al irse me dice: -Bueno, ya tienes lo que querías- . La miré ojiplática y con la cara desencajada, supongo, porque en seguida se retractó y dijo: -Bueno, ya sabes a lo que me refiero-. Me quedé con cara de idiota en la puerta y se fue.

Claro que sabía a que se refería. A que era el centro de atención. Pero no era eso lo que yo quería. Yo quería atención, por ser yo, no por estar enferma. No por ser una carga para los demás. Pero, aunque quisiera decir… no lo dijo. Lo que dijo fue una burrada, el día en que me dijeron que tenía una leucemia con probabilidad de supervivencia cero. Fue de esos momentos en los que sientes el impacto, pero aún no lo notas. ¿En serio me había soltao aquello? Pues sí.

En algo tenía razón, y es que ese día fui el centro de atención de más personas de las que me hubiera imaginado. Fue increíble la cantidad de apoyo que sentí ese día. Pero…nadie gana mucho sin perder algo por el camino, ¿no?. Ese día hubo reconciliaciones, sorpresas y brechas que se abrieron.

Entre idas y venidas de visitas, la familia cercana, nos reunimos para comparar información y ver que opciones había. Algunos familiares están metidos en el mundo de la salud y la medicina, otros tienen amigos… así que vamos pidiendo información, ayuda y consejo allá por donde podemos.

Mi familia me comenta que la médica que nos dio la noticia, por separado, a ellos les comentó, que habían tenido cuatro o cinco pacientes más en ese hospital (a lo largo de toda su historia) con el mismo tipo de leucemia y que no había sobrevivido ninguno. Jugaba a mi favor, la edad. Comparada con los pacientes de los que hablaba yo era más joven y no tenía más enfermedades. Aun así…no pintaba bien.

Hablamos con la médica otra vez, ahora que ya estábamos más tranquilos. Le dije que quería el fin de semana para pedir otra opinión, para contemplar opciones. Para saber que estaba pasando. Su respuesta fue que no. Que no había tiempo para segundas opiniones, ni para pensarse nada. Que me tenían que tratar ya. Si hubiera tardado tres días más en llegar al hospital, no hubiera habido nada que hacer. Me hubiera muerto. Dijo también que si no habían empezado antes, era por verificar el resultado y porque no había sitio en hematología. Pero que empezábamos el tratamiento mañana.

La diversidad de creencias en mi familia hizo intenso el debate sobre como proceder. Aunque según la medicina occidental, la cosa estaba clara, no había más opciones.

El protocolo a seguir eran, siete días de quimioterapia y tres semanas de espera a ver como responde el cuerpo. Durante esas cuatro semanas no podría salir de la habitación en la que ya estaba y las visitas eran restringidas. Lo explicaré mejor llegado el momento, pero por aquel entonces, eso era todo lo que sabía.

Siguiente capítulo: Mi historia XVI

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